1. SKIP_MENU
  2. SKIP_CONTENT
  3. SKIP_FOOTER
Tamaño letra:

 

“Algún día dejará de llover”

 

“Algún día dejará de llover”

El relato de Zaida Milena Torres, una madre cabeza de hogar, beneficiaria de las viviendas que entregó el Fondo Adaptación en El Banco (Magdalena), muestra que siempre hay motivos para soñar.

Julio 04 de 2019.  “Cuando me avisaron de la entrega, me desmoroné. No lo podía creer; entonces empecé a llorar, pero de alegría, porque me cansé de llorar de tristeza, luego de quedar en la calle, tras el duro invierno del 2011."

Así lo dijo Zaida Milena Torres, una de las 931 personas beneficiadas con la entrega de 207 viviendas que el Fondo Adaptación entregó en el municipio de El Banco, Magdalena.

Un día antes de la entrega de su casa, una infraestructura de 47 metros cuadrados, con dos alcobas, baño enchapado, sala-comedor, cocina y patio; esta madre cabeza de hogar no se cambiaba por nadie. Estaba feliz, su sonrisa parecía una permanente en su rosto y su felicidad hacía que los ojos le brillaran.

Recordó que cuando le avisaron que le entregarían su vivienda su alegría fue tal que dejó caer un paquete de mercancía que estaba preparando para un cliente, en el almacén donde trabaja como vendedora.

“Ese cliente me preguntó: ¿Qué le pasó, por qué llora? Creo que alcancé a decirle que había ocurrido un milagro”.

Zaida Milena es separada; se considera mamá y papá al mismo tiempo. Cuenta que abandonó a su esposo por los malos negocios que él hizo y que les significó perder todo, a lo que se sumó el crudo invierno que arrasó con su casa.

Su separación y el fenómeno de La Niña fueron motivos suficientes para dejar su ciudad, Valledupar, y buscar una nueva vida en El Banco. Muchos le aseguraron que olvidara que el Gobierno le iba a dar algo, pero ella es creyente y estaba segura que llegaría el día para comenzar una nueva vida. Y así fue. El pasado 21 de junio, de manos del gerente del Fondo Adaptación, Édgar Ortiz Pabón, recibió las llaves y la escritura de su casa en la urbanización Monte Carmelo, donde empezó a vivir junto con sus dos hijos: Camila Cristina de 18 años y David de 11.

Ya en medio de su alegría, relató a manera de anécdota que los constructores y los vigilantes de la urbanización la conocieron mucho antes de que terminara el proyecto porque, “todos los domingos iba hasta la construcción a mirar y a preguntarle a los maestros de obra ¿qué para cuándo? Y ellos me decían que todavía, nada”.

Reconoce que la vida siempre trae enseñanzas y puede cambiar de un momento a otro.

“Antes de perderlo todo, mi vida era otra. No trabajaba porque, entre mi padre y mi esposo me mantenían. Mi padre, mientras vivió me aconsejaba que estudiara. Nunca le hice caso; luego murió. Por eso, durante los últimos cuatro años me ha tocado levantar a mis hijos trabajando duro y por un salario mínimo; ahora entiendo la “cantaleta” de mi padre. Ya con la entrega de mi casa, los $250.000 que destinaba para el arriendo, los voy invertir en la compra de un congelador para venderle bolis a mis nuevos vecinos”.

Su fe y optimismo la llevaban a repetir constantemente la frase: “algún día dejará de llover”, porque la vida no siempre está llena de momentos malos.